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martes, 1 de enero de 2013

Ônero - Reino de Sueños - Capítulo 2


Reino de Sueños
Ônero
Capítulo 2





            Estaban esperando a su anfitrión, sentados a la mesa en un pequeño salón, iluminados por las antorchas que destacaban como única decoración de la estancia.
            Una puerta se abrió y de ella surgió Faerom, quien luego de realizar una reverencia, se ubicó en uno de los extremos de la mesa.
            —He pedido a los sirvientes que se ocupen de preparar una cena acorde a tan importantes invitados y espero sea de su agrado —depositó sobre la tabla una campanilla de bronce—. Deben recuperar fuerzas, ya que su viaje ha de haber sido muy agotador. Supongo que tendrán muchas preguntas y nada me complacería más que evacuar sus dudas e inquietudes.
            —¿Dónde estamos? —Quiso saber Javier.
            —En mi humilde morada.
            —Eso está claro, pero ¿qué lugar tan extraño es este? —Repreguntó Javier—. Esto no es la Tierra, ¿verdad?
            —¿La Tierra? —Una sonrisa se dibujó en el rostro de Faerom—. No, ya no están en su mundo. Esto es Ônero, un mundo que existe en una realidad paralela a la que ustedes conocen.
            Los jóvenes se miraron entre si desconcertados.
            —¿Y cómo es que llegamos aquí? —en ésta ocasión fue Bruce quien formuló la pregunta.
            —Porque yo les he invocado —levantó su mano derecha evitando que alguno de los jóvenes aventurara una interrogante—. Traerlos a este mundo no ha sido fácil. Fue muy agotador, debo admitir. Sólo podía invocar a uno de ustedes cada tres días y para evitarles la angustia que pudiera causarles despertar en tierras extrañas y desoladoras, realicé un conjuro para mantenerlos dormidos hasta que estuviesen los tres juntos.
            —Así que uno de nosotros durmió por seis días, ¿no? —la risa de Javier fue breve pero tenía cierto regusto a sarcasmo—. No quisiera saber quien fue, pero si me gustaría que nos explicara porque nos ha mantenido cautivos en una burbuja, si bien podríamos haber esperado en un sitio más cómodo la llegada de los demás.
            —Comprendo que la burbuja no haya sido un lugar agradable donde esperar —Faerom cerró sus ojos, suspiró y permaneció en silencio unos segundos—. Les pido me perdonen por mis errores, pero como dije anteriormente, transportarlos a este mundo ha resultado extenuante. Mi juventud se ha marchitado mucho tiempo atrás. He visto ya más de cien ciclos solares —pese a su afirmación, Faerom no aparentaba más de cuarenta años—, y ya no poseo el vigor de aquellos tiempos. Con cada uno de ustedes que llegaba a Ônero, mis fuerzas me abandonaban y perdía el conocimiento al igual que ustedes. Sin embargo mis sueños no han sido tan placenteros como los suyos, sino todo lo contrario, he vivido una pesadilla: visiones del futuro, aterradoras visiones del futuro —su voz estuvo apunto de quebrarse, pero se esforzó por evitarlo. Su semblante había cambiado completamente, su sonrisa desapareció y ahora reflejaba preocupación en su rostro y miedo en los ojos.
            —¿Se encuentra usted bien? —preguntó Vicky con ternura, preocupada por su anfitrión.
            —Descuida, niña —le respondió Faerom, quien volvía sonreír, aunque sólo fuese para aparcar los temores de la joven—. Las visiones de ese futuro se convertirán en recuerdos que me acompañarán de por vida. No obstante, el futuro es incierto y no ha sido escrito aún. Ustedes tienen el poder para cambiar lo que ha de ocurrir. Pero no quisiera desviar mis palabras de la respuesta que esperan oír, si me permiten continuar, he de explicarles el porqué de la burbuja en el desierto.
            —Continúe, por favor —lo animó Vicky.
            —Con gusto —el hombre asintió antes proseguir su explicación—. Mientras yo permaneciera inconsciente me sería imposible protegerles, por lo cual les transporté a una zona deshabitada, donde su presencia pasaría desapercibida. Si el enemigo ignora que han llegado podremos asestarle un duro golpe por sorpresa, antes que tengan tiempo de reaccionar. La burbuja mágica sólo ha sido una medida extra de seguridad, sus vidas son muy valiosas. Más de lo que puedan imaginar. Mientras permanecieran en ella, nada, ni nadie podría hacerles daño.
            —Así que nos ha encerrado por nuestro propio bien —la voz de Bruce no transmitía ningún tipo de emoción—. Ahora sé lo que sienten los animales del zoológico.
            Todos rieron, excepto Bruce.
            —¿Por qué soy el único que ha transportado a este mundo estando aún despierto? —el muchacho inclino levemente su cabeza y se frotó la frente con los dedos—, aunque mi memoria parece afectada, el “viaje” lo recuerdo con claridad. Al menos hasta alcanzar la luz.
            Faerom contemplaba a Bruce en silencio, solemne y con ojos curiosos.
            —Ignoro por completo lo que has visto. Es probable que tus recuerdos se vean afectados por el repentino cambio de realidad al que tu mente ha sido expuesta. Te pido disculpas por ello. Pero si he tenido que transporte estando tú aún consciente, es porque el tiempo apremia.
            —Bien, eso explica la burbuja —Bruce se encogió de hombros—. Pero, ¿por qué nos ha transportado a este lugar?
            Antes de responder, Faerom se tomó un breve momento para mirar a los ojos a sus invitados.           
            —Ustedes son Los Elegidos, aquellos de los cuales habla la antigua profecía. Aquellos que salvarán a Ônero, evitando se sumerja en la más fría oscuridad. Corren tiempos aciagos y las nubes de tormenta presagian el comienzo de una nueva guerra. Las fuerzas del mal se están reuniendo y organizando. Aguardan ansiosas el retorno de su amo, quien los guiará a la victoria, dejando a su paso muerte y destrucción.
            —¿Cuál profecía?
            —Así como me ven, tiempo atrás serví como Sabio Maestro —las palabras del hombre se llenaron de melancolía—. En este mundo los Sabios Maestros tienen como función adquirir y difundir el conocimiento, abarcando diversas áreas, como: la escritura, los números, la historia, la religión, la alquimia y la magia. En cierto modo, servimos como consejeros a los gobernantes y como pastores que guían al rebaño por el camino de la fe.
En la ciudad de Zoph, capital de Romilia, se encuentra la Sagrada Sede, nuestro templo del saber. Fue en sus bibliotecas donde hallé un antiguo pergamino escrito por Morsuf, un Sabio Maestro que participó en La Guerra del Destino y resulto de vital importancia para derrotar a Efiàl, el Príncipe de la Oscuridad.
            >>Lamentablemente el mal no puede ser derrotado tan fácilmente. Efiàl no ha muerto definitivamente, sólo se encuentra dormido. El pergamino de Morsuf dice que, tras ser derrotado, el espíritu de Efiàl fue sellado en tres recipientes sagrados y de ser liberado nuevamente, El Príncipe de la Oscuridad, recuperaría el poder que otrora supo tener y convocaría a sus huestes para terminar aquello que no pudo lograr entonces: cubrir el mundo entero de oscuridad y gobernar como el único dios.
            —Usted dice que hay tres sellos y nosotros somos tres —interrumpió Javier—. ¿Qué relación hay?
            —Eres observador, mi buen joven —Faerom le dedicó una cálida sonrisa—. Ustedes son los guardianes de los Sellos Sagrados. El poder mágico que encarcela a Efiàl se está debilitando. Su misión es evitar que los sellos se rompan y Efiàl retorne de su prisión eterna. Para ello, deberán hallar los recipientes sagrados y realizar el antiguo ritual que les devuelva a los mismos su poder.
            —Eso es un tanto confuso —intervino Vicky —. Si en verdad nosotros somos tales guardianes, ¿Por qué pertenecemos a otro mundo?
            —Lo que ella pregunta es lógico —añadió
Bruce—. Nadie puede cuidar aquello de lo cual, incluso, ignora su existencia.
            —Por como lo plantean, sí, es complicado de entender —contestó el Sabio—. Sin embargo, si alguien de este mundo tuviera tal responsabilidad, cedería ante la tentación y rompería los sellos. Al estar los guardianes en otra dimensión, permanecen fuera del alcance de los Hijos de la Oscuridad, por lo cual los sellos jamás podrían abrirse.
            —Pero usted nos trajo a su tierra —la expresión en el rostro de Javier acusaba su desconcierto—. ¿Eso no atenta contra la seguridad de los sellos? Si nosotros somos las llaves de una puerta que nunca debe abrirse, ¿por qué tenernos aquí?
            —Como dije anteriormente, el encantamiento mágico de los recipientes se está debilitando. Sólo ustedes poseen en sus almas el conocimiento necesario para fortalecer los sellos.
            —¿Cómo podemos poseer tal conocimiento si hasta este instante hemos oído de el?
            —La respuesta se encuentra en su interior. Para comprenderlo, deberán superar unas pruebas y demostrar que son dignos guardianes. Yo confío en ustedes. Sé que lo conseguirán.
            —¿Qué tipo de pruebas? —sintió curiosidad Vicky.
            —Las que los dioses consideren oportunas, de acuerdo a lo que se halle en sus corazones.
            —¿Quién en Ônero sabe que los sellos se debilitan? —Bruce mantenía su semblante solemne y la voz fría desde que se encontraron con Faerom en el bosque, como si su mera presencia le incomodase—. Si tal evento estuviese ocurriendo, no deberían sus cofrades notarlo también y prepararse para ello. Seguramente deben estar esperándonos.
            —Tristemente, no es así —el Sabio volvió a cerrar sus ojos y a suspirar—. La Profecía advierte que, cuando el mal cubra los corazones de los hombres, incluso aquellos que buscan la luz dejaran de ver. Sólo quien ignore el falso brillo terrenal hallará la verdad. Comprendí que mis hermanos se habían desviado del camino y busque un refugio donde poder alcanzar la iluminación. Así llegué a este bello oasis. Antes de abandonar la Sagrada Sede, les enseñé el pergamino de Morsuf a los Sabios Mayores, y a todos aquellos que pudieran entender; pero no quisieron escucharme. Me temo que no quede nadie en el Templo Sagrado que conserve un corazón capaz de ver la verdad e interpretar las señales.
            —¿Cuáles señales? —preguntó automáticamente Javier.
            —“Cuando la oscuridad cubra los corazones de hombres y mujeres. Cuando los Sabios se desvíen del camino de la verdad. Cuando la llama de los Sellos Sagrados se apague. La tierra se teñirá de sangre y sobre ella la noche su templo edificará. Será el tiempo del terror. Efiàl despertará, la oscuridad cabalgará con él y sus hijos le seguirán. Luz y Oscuridad se enfrentarán. La Guerra del Destino volverá a  librarse. Sólo quien vea la luz hallará a Los Elegidos que guiarán a Ônero a una nueva era”.Esas fueron las palabras escritas por Morsuf en su pergamino —explicó Faerom.
            —“La tierra se teñirá de sangre y sobre ella la noche su templo edificará” —repitió Javier—. Al romperse la burbuja de cristal, vimos un monte rojo, sobre el cual se ciñen unas imponentes nubes de tormenta, ¿la profecía se refiere a eso?
            —Ese lugar me produce escalofríos —añadió Vicky—. De alguna forma genera un miedo irracional como jamás he sentido.
            —En efecto, mi niña. Es natural que sientas temor. Es el Monte Rojo, sobre él se halla la tumba de Efiàl. Es el antiguo valle de Balzar`ac. Allí se libró La Guerra del Destino hace setecientos años. Millones de vidas se perdieron. Cuando todo hubo acabado, un mar de sangre cubría el terreno. La Oscuridad reclamó las tierras para sí, y el monte se irguió donde Efiàl halló su fin. La sangre que le da color no se limpiará hasta que la maldad que duerme allí sea destruida definitivamente. Las nubes de tormenta, son relativamente nuevas, aparecieron hace unos tres años. Creo que ya he respondido las interrogantes de mayor importancia.
            Faerom tomó la campanilla de bronce que había dejado sobre la mesa, la sacudió con delicadeza y cuatro sirvientas ingresaron en la habitación. Por cada comensal dejaron un plato de estofado de cordero, una hogaza de pan, un juego de cubiertos y una copa; luego en medio de la mesa ubicaron una fuente con frutas.
            Las criadas salieron del salón y Javier las siguió atentamente con la mirada y una amplia brillando sonrisa en su rostro. Momentos después regresaron y se dirigieron cada una de ellas a un rincón diferente de la pequeña estancia, llevando consigo una frasca de distinto contenido: agua, jugo de frutas, vino dulce y cerveza oscura.
            Faerom se puso en pie, extendió los brazos y carraspeó para aclararse la voz.
            —Hoy mi humilde hogar será su castillo. Mañana Ônero les rendirá homenaje —tomó su copa y la moza con la frasca de cerveza se acercó para llenársela—. Brindemos por la nueva era —los jóvenes alzaron sus copas, cada uno bebía algo diferente—. Disfruten del banquete, mis amigos. Recuperen sus fuerzas, porque mañana su viaje comenzará.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Ezka y Wolfy - Cápitulo 2

Cápitulo 2
Vazffia




Los desesperados gritos de temor de los aldeanos y los bramidos de las extrañas criaturas se mezclaban en una aterradora sinfonía. El mundo se detuvo para los jóvenes que observaban el horror en su viejo poblado. Las personas corrían desesperadas y se empujaban entre si para escapar de las casas en llamas, y horrendos seres de aspecto humano, pero con músculos desproporcionados, que les daban una apariencia grotesca, atacaban con mazas y garrotes a todo aquel que tuviesen a su alcance. Mujeres y niños lloraban mientras buscaban donde refugiarse, y algunos hombres trataban de hacerles frente con las armas que habían tomado tan rápido como les fue posible: hoces, cayados, hachas. Ezka y Wolfy se habían convertido en dos estatuas humanas que no daban crédito a lo que veían sus ojos. Los alaridos de un hombre al que le habían cortado un brazo los hizo reaccionar y abandonar la pasividad con que contemplaban el cuadro de pesadilla. Ezka fue el primero en abalanzarse contra una de las criaturas. Con un pequeño hacha que tomó del carromato de Rupert, corrió a socorrer al granjero. Llegó tarde. La cabeza del hombre se ahuecó por un costado luego que una criatura le impactará un furioso mazazo. Ezka vio como un grupo de engendros corría en dirección a los aldeanos que habían conseguido huir. Aprovecho que una de las criaturas se distrajo al tratar de levantar el cadáver del hombre que había derribado momentos antes y no percibió la presencia del monje hasta que fue demasiado tarde. Ezka consiguió dar un golpe de lleno en el cráneo del extraño ser. El filo del hacha se hundió sin dificultad. Su oponente cayó, y Ezka observó con asco el espeso líquido negro que manaba de su herida.
            «Su sangre se asemeja a la de un muerto», pensó.
Otros cuatro seres aparecieron, saliendo de una de las casas en llamas, y se dirigieron  hacia él caminando pesadamente. Con más calma, pudo observar detenidamente a qué se enfrentaba. Las criaturas tenían aspecto humano, como ya había notado. Aunque sus músculos parecían haberse desarrollado repentinamente, desgarrando en brazos y piernas la piel. Una piel pálida, de tono grisáceo y motas blancas donde la carne había rasgado en busca de espacio y cicatrizado. Pero lo más horrendo, eran sin duda alguna, sus rostros. Todos eran diferentes entre si, pero compartían ciertos rasgos: estaban demacrados y los pómulos exageradamente marcados resaltaban las oscuras órbitas de sus ojos, donde pequeños puntos rojos brillaban. En sus miradas no había vida. En sus expresiones se combinaban el temor y el dolor. Dolor. Como si su mera existencia les produjera sufrimiento.
            —¡Perdón por llegar tarde! —se excusó Wolfy posicionándose junto a su amigo—. Pero no podía dejar mis juguetes en la bolsa —añadió mientras enseñaba sus armas: dos puñales delgados de punta aguda y una espada corta, aun en su vaina—. ¡Ten! ¡Toma ésta! —Lanzó la última a su amigo, quien tras recibirla, y antes de desenvainarla, arrojó su hacha violentamente a la cabeza de una de las criaturas destrozándole la cara.
Cuando vieron a uno de los suyos caer, las criaturas restantes arremetieron contra los jóvenes. Una de ellas atacó con un movimiento descendente de su hacha, sin embargo Wolfy fue más veloz  y esquivó el golpe avanzando hacia su atacante. Con un ligero movimiento ascendente clavó el puñal que llevaba en su mano izquierda  en el cuello de la criatura. De inmediato realizó un ágil movimiento con su muñeca derecha, para soltar de la  empuñadura el otro puñal y tomarlo de la hoja; luego lo arrojó con fuerza en dirección a otro de los seres. Éste sólo alcanzó a ver un fugaz destello plateado antes que el frío acero perforara uno de sus ojos rojos.
Ezka estaba parado frente a la única criatura que quedaba. Dio unos pasos hacia adelante. Su oponente hendió el aire con un golpe paralelo al suelo. Ezka eludió el ataque dando un pequeño salto hacia atrás. A continuación corrió rumbo a la criatura, sujetando con ambas manos su espada y con un súbito golpe lateral la decapitó. La cabeza rebotó dos veces en el suelo antes de quedar inmóvil. La expresión en su rostro no cambió, mantenía la impresión combinada del temor y el sufrimiento y la mirada perdida; pero los ojos dejaron de ser rojos, se tomaron completamente negros, perdiéndose en las oscuras cavidades que los envolvían. Ezka sintió pena por el desdichado ser al que había liquidado. Por ese y los otros tres.
—Estamos empatados en dos —dijo Wolfy mientras recuperaba sus puñales—. Afortunadamente aun quedan más
—¡Esto no es un juego! —le reprobó Ezka a su amigo. Pero éste hizo caso omiso y corrió, adentrándose en la aldea en busca de más rivales. Ezka maldijo entre dientes y lo siguió.
Corrieron por una callejuela de tierra en dirección a la plazoleta del pueblo donde las criaturas se agrupaban llevando a cuestas los cuerpos de aldeanos asesinados. Cuando los jóvenes monjes estuvieron a pocos metros del grupo de seres extraños, Wolfy detuvo su marcha abruptamente y se dirigió a los restos en ruina de una casa en llamas con aspecto de colapsar de un  momento a otro. Ezka tuvo intenciones de frenarlo, pero se contuvo al reconocer el lugar. «La casa de Rita —recordó». Mientras su amigo se perdía en la cortina de humo que cubría la entrada a la vivienda, Ezka se preparó para enfrentarse a las criaturas. «No son ningún problema —se daba ánimos—. Son lentos y torpes». Solamente quedaban once de esas horrendos seres, y parecían más preocupadas en amontonar su motín de cuerpos muertos que en prestarle atención. Pero eran once, y él sólo uno. «Malditos granjeros cobardes. ¿A dónde han huido todos? ¡Mierda! —Comprendió que aunque eran lentos no sería capaz de esquivar todos los ataques si se decidían a rodearlo—. ¿Por qué no hay nadie enfrentándoles? ¿Dónde está mi padre?». Una gota de sudor comenzó a descender por su frente.
Un repentino estruendo, grave y prolongado, aulló con furia. «¿Un cuerno?». El sonido provenía desde la oscuridad, y se mezclaba con el crepitar de la madera de techos y ventanas de las casas que ardían, por lo que Ezka no consiguió determinar su origen con precisión. Se oyó por segunda vez, y las criaturas comenzaron a bramar. Seis de ellas cargaron dos cuerpos cada una y comenzaron a correr rumbo a la colina, al este de la aldea. Las cinco restantes formaron una línea, ubicándose entremedio de sus compañeros y el joven Lionheart, obstruyéndole el paso. «Si piensan que voy a perseguir a unos monstruos que roban cadáveres, estas bestias son más estúpidas que feas —se dijo a si mismo, burlándose de ellas».
Un ruido sibilante chilló en la oscuridad, y Ezka vio a uno de los horribles seres caer de bruces y desparramar en el suelo los cuerpos que cargaba. Lo oyó nuevamente, y una segunda criatura cayó. «¿Flechas? —se preguntó— ¿De dónde vinieron? ¿Quién…?». No tuvo tiempo para averiguarlo. Las criaturas no se lo permitieron. Dos de ellas corrieron rumbo a un individuo que había aparecido por una de las calles que conducían a la plazoleta, sin que nadie se hubiese percatado de su existencia hasta ese momento; pero las tres restantes se dirigían veloces hacia él con sus mazas de madera mal tallada, gruesas y pesadas, que se asemejaban más a pequeños troncos que a una verdadera maza de batalla, aunque eran igual de mortíferas.
            Uno de los seres estrelló su pesada maza contra el suelo, a menos de un metro de Ezka, quien consiguió eludirlo dando unos pasos hacia la derecha de la criatura para evitar el golpe que cayó verticalmente. Aprovechó que su oponente no tenía defensa para asestarle un mortal golpe con su espada corta. Fue un corte limpio, el filo del acero atravesó la garganta con la misma facilidad con que rasgaría un vestido de seda.
Todavía quedaban dos rivales más por derrotar. Uno avanzaba por su derecha y el otro por la izquierda. Decidió luchar contra este último. Rodó por el suelo de forma tal que, al ponerse nuevamente en pie, quedó a la espalda de la criatura, y le realizo dos profundas hendiduras, dibujándole una enorme “X” de donde manaba la sangre, espesa y oscura.
El monstruoso adversario que aun quedaba en pie se aproximaba de frente, con el brazo derecho extendido hacia atrás, preparado para golpearlo con su maza de hierro. El monje vio que se acercaba; dio unos pasos veloces para tomar impulso; saltó hacia delante; giró sobre si, y le acertó una potente patada en el pecho que lo arrojó contra la pared de una de las casas cercanas. El fuerte sonido que produjo el horrible ser al impactar la pared se convirtió en un susurro ante el estrepitoso quejido que éste liberó: un lamento incompresible y gutural, cargado de dolor. Ezka se acercó al engendro que torpemente buscaba ponerse en pie, y así propinarle el golpe final. Fue veloz y preciso. Y otra cabeza rodó en el suelo.
—No fue tan difícil….arggh… argggh… —Ezka no tuvo tiempo de saborear su victoria. Una mano fuerte y enorme lo había sujetado del cuello, y se lo apretaba con ira. Cada segundo le costaba más conseguir aire. Dejó caer su espada cuando la criatura comenzó a zamarrearlo, por lo que sólo le quedaban sus manos para intentar liberarse. Quiso abrirle los dedos por la fuerza, pero ni con sus dos manos tenía la fortaleza que el engendro tenía sólo en una. La visión se le había hecho más borrosa.
«Voy a morir ni bien volví a casa —se lamentó—. Padre, yo…»
Repentinamente el engendro lo soltó, y Ezka cayó al suelo. De rodillas, se llevó las manos al cuello para masajearse y apaciguar el dolor, o tal vez sólo para comprobar si en realidad lo habían liberado de su collar de gruesos y fríos dedos. Abrió la boca como un pez esforzándose por recuperar el aliento que se le había escapado, casi llevándose su vida consigo. Poniéndose en pie con torpeza, vio a la criatura que trató de estrangularlo despatarrada en el suelo. Muerta. Una flecha le había brotado en el cráneo.
—Debes destrozarle la cabeza —le dijo una joven que se acercaba a él sonriendo con un arco en la mano izquierda y un carcaj a la espalda, sujeto por una correa de cuero y asomándole por el hombro derecho—. Creía que ya lo habías comprendido después de acabar con tantos. A ése sólo le abriste dos surcos en la espalda. Pero, si no les cortas la cabeza o le perforas el cerebro no se detendrán.
—No lo sabía —confesó Ezka quien aún trataba de conseguir aire—. Gracias. Me habéis salvado. Pero, ¿cómo sabíais como detenerlo?
—Pues me gasté varias flechas hasta que lo descubrí —La muchacha toda sonrisas guiñó un ojo al tiempo en que se encogía de hombros en un gesto de total desenfado—. Soy Aleja. Aleja Valentino.
—Yo… Yo soy… Soy Ezka. Ezka Lionheart.
—¡Ah! El leoncito.
—Leoncito me llamaba mi padre. ¿Lo conoces? —pregunto intrigado.
—Ven. Vamos al refugio. El jefe de la aldea querrá hablar contigo.
—¿Y las otras criaturas? ¿Las que llevaban los cuerpos de los muertos? —Ezka tenía mayor interés en preguntar sobre su padre, pero prefirió guardar esas preguntas para el jefe de la aldea, así que se contuvo y la siguió camino al refugio, aunque el no recordaba que hubiese uno cuando el aún vivía en la aldea.
—Sólo tres consiguieron escapar y se llevaron cinco cuerpos. A las otras pude detenerlas. ¿Qué crees que son?
—No tengo idea. Nunca he visto nada parecido —En realidad Ezka nunca había visto nada, desde que él y Wolfy se unieron a los monjes de Xiao Lu sus vidas giraban en torno al conjunto de fortalezas pequeñas que los monjes llamaban santuarios y el templo principal ubicado en la cima de la colina—. ¿Qué pensáis vos?
—Pues han tratado de llevarse a los muertos. Yo creo que son gules.
—¿Gules? Tenía entendido que los gules rondan los cementerios. Estos no sólo atacaron la aldea, sino que tenían armas, y no creo que los gules sean tan organizados. Además, aunque se alimenten de carne muerta, me cuesta aceptar que maten a alguien para luego llevarle a su guarida y darse un festín con su cadáver.
—Tal vez se cansaron de la carne podrida y decidieron cazar algo fresco. La caza es divertida. Yo soy cazadora por si no lo has notado —La joven le enseño su arco—. Tal vez organizaron alguna celebración y se quedaron cortos de muertos, y no habiendo ningún mercado cercano donde comprarlos decidieron salir a buscarlos por su cuenta.
—¿Un mercado donde comprar muertos? Eso me preocuparía más que un grupo de gules organizados —Aunque sabía que se trataba de una broma, Ezka no se molestó en fingir una sonrisa—. Mirad esto con detenimiento, por favor —pidió señalándole uno de los engendros caídos en la laguna negra y espesa en que se había convertido su sangre.
—¿Qué tiene? —preguntó la joven cazadora sin haber comprendido qué debía notar con exactitud.
—Ésta cosa, fuera lo que fuera, antes era un hombre común y corriente.
—¿Cómo lo sabes?
—Por su vestimenta —Le indicó tocando con la punta de su espada los jirones de túnica gris y los calzones de color azul que el engendro vestía—. Era un guardia de la ciudad —explicó—. De Ghekisro.

Cuando llegaron a la plazoleta, se encontraron con Wolfy. Había salido de la casa que hasta hace unos momentos estaba en llamas. Llevaba un niño en brazos. Los jóvenes se juntaron frente a las puertas de la capilla de Pylos. Cuando Ezka vio el semblante taciturno y los ojos enrojecidos de su amigo, comprendió que no fue por causa del humo «Son lagrimas». Pero las lágrimas no sólo recorrían las mejillas de Wolfy, sino también sus hombros, sus brazos, sus piernas, pecho, incluso el cabello. No lo había notado hasta ese momento, pero estaba lloviendo.
—Es curioso que llueva —dijo sorprendido—. Ni siquiera estaba nublado. Todo lo contrario, era una hermosa noche de cielo despejado que permitía ver las estrellas.
—El Señor de los Cielos es benevolente —intervino Rupert desde su carromato cuando les dio alcance—. En esta aldea las casas son en su mayoría de madera. Si no hubiese llovido la aldea entera ya no existiría —Rupert decía la verdad. Vazffia no era más que un conjunto de poco más de treinta casas, en su mayoría de madera de pino y nogal y con techos de paja. Las únicas construcciones en piedra eran la capilla de Pylos y el refugio, ambas con techos de pizarra—. Si no nos hubiese regalado sus lágrimas la destrucción sería mayor. Aunque sean sólo cosas materiales y recuperables. La vida en cambio es un don sagrado que nadie puede devolver. Esas criaturas puede que hayan sido hombres alguna vez. Pero ahora sólo son almas atormentadas encerradas en cuerpos muertos. Ojala hallen la paz que les fue arrebatada en su vida y convertido en tormento en su regreso de la muerte.
—Pylos los juzgará con sabiduría —terció Aleja.
—¿Pylos? El Hijo de Dios que fue creado de arcilla y se convirtió en el primero de los hombres —Rupert se había bajado del carromato y se paró junto a los jóvenes. Tomó el comentario de la cazadora como si de un chiste se tratase y rió de ello—. ¿Qué poder puede tener sobre el cielo alguien que nació del barro? —No le dio tiempo a la joven para responder—. Observad. Ya ha escampado.
            —No discutáis por sandeces —Ezka estaba cansado y tenía otros intereses de mayor importancia que escuchar la discusión del anciano y la joven—.Yo no he visto dioses esta noche, sólo esas criaturas que están tiradas por doquier.
—Iré a avisar a todos que el peligro ha pasado y que ya pueden salir. Esperen aquí —dijo la muchacha y se alejó de ellos a largas zancadas rumbo al refugio.
—Debo confesar que no creí que vosotros dos fuerais buenos guerreros —reconoció Rupert—. Me alegra no haber traído a Xero a un lugar en estas condiciones.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Ezka. Wolfy continuaba ensimismado con el niño en brazo quien se aferraba con fuerza a él.
—Una aldea en llamas no es un buen lugar para ese cruzado —explicó el comerciante—. Le traería malos recuerdos.
—¿Vos lo conocéis de antes?
—No. Sólo he hablado con él desde Colina Áspera hasta Ghekisro. Se puede conocer bien a una persona si te tomas el tiempo para hacerlo. Je, je.
—No creo que Xero sea la clase de sujeto que hable mucho de su pasado.
            —Pero todos tenemos un pasado —Rupert se encogió de hombros—. El pasado determina nuestro presente y nos prepara para el futuro. Aprender de los fracasos y corregir los errores nos ayuda a buscar un futuro mejor. Si intentáis huir del pasado, sólo estaréis huyendo de vos mismo.
—Si vos lo decís —Ezka no tenía deseos de continuar charlando con el mercader—. Tenéis más experiencia que yo.
—En eso habéis dado en el clavo —El anciano esbozó una sonrisa por el halago del monje, y sus ojos celestes, claros como un cielo sin nubes, irradiaron satisfacción—. Mirad. Al parecer vuestros coterráneos han decidido salir de su escondite.
Un grupo de personas se acercó a ellos. A la cabeza iban Aleja y el anciano elegido como jefe de la aldea, un hombre de avanzada edad como delataban su caminar lento, su espalda encorvada hacia delante, su larga barba blanca, mismo color que tenía en los pocos mechones que todavía le quedaban a cada lado de la cabeza, asomándose por detrás de las orejas.
«El viejo Mathus aún vive» Ezka se sorprendió gratamente al verlo.
—Los cachorros han vuelto ha casa —Mtahus observó con detenimiento a los jóvenes monjes, buscando con sus ojos vidriosos a los muchachitos soñadores que se habían marchado de la aldea cuatro años atrás—. Pero, veo que el lobo está triste —reconoció al niño que Wolfy cargaba en sus brazos—. ¿Ya sabes lo que le ocurrió a Rita? ¿No es así, Lowell?
—Su hermana mayor, Anna, me dijo que falleció hace dieciséis días —La voz de Wolfy estaba cargada de dolor—. No pude… No pude salvar a Anna. Sus heridas eran muy graves —Apretó los dientes como si quisiera con ello destrozar el dolor que sentía por dentro—. Pero rescaté al niño.
—Pobre pequeño. Ha perdido a toda su familia en menos de un mes. Bueno, no a toda —El anciano notó que Wolfy mirada al suelo y no le prestaba mayor atención  a sus palabras—. ¿Quieres hablar de Rita? ¿En ella estás pensando, no?
—Si no le importa, prefiero llevar al hijo de Rita al sanador para que lo revise —La respuesta de Wolfy fue cortante. Se alejó guiado por Aleja hasta el refugio, donde el sanador atendía a los heridos. Rupert fue con ellos.
—Wolfy no ha cambiado en nada —En el rostro de Mathus  se marcaron más las arrugas cuando sonrió—. Sigue siendo muy apasionado. Bajo todos esos músculos se oculta ese muchachito soñador. Y Aún ama a Rita. Eso es evidente.
—Pero ella se olvidó pronto de él. Ese niño debe haber nacido uno o dos años después de que nosotros partiésemos.
—No deberíais hablar sin tener certeza de las cosas que dices. ¿No te enseñó vuestro  padre a no prejuzgar a los demás?
—Ciertamente lo ha hecho —Ezka miró al anciano con semblante solemne—. ¿Podríais decirme dónde está mi padre?
—Murió. Dos días después de enviar la carta solicitando que ustedes regresaran.
—¿Cómo es posible? ¿Qué le ha ocurrido?
            —Se suicidó.
—Eso es… ¡Es imposible! —Las palabras del anciano fueron para Ezka más frías que las gotas de lluvia caídas momentos atrás, y el golpe más doloroso que recibió esa noche—. No tiene sentido. ¿Por qué se suicidaría días después de comunicarme que tenía cosas importantes que contarme?
—Es extraño, sí. Pero tu padre se comportaba en forma extraña en los últimos meses. Hablaba de criaturas brutales que pronto vendrían a atacarnos y convertirnos a todos en abominaciones como ellas. Hasta esta noche, incluso yo creía que eran desvaríos. Me avergüenza decirlo. Tu padre era un gran hombre. Si no fuese por ese refugio que se empecinó en construir muchos más hubiesen muerto hoy.
—¿Cómo murió? —los ojos inquisitivos de Ezka rezumaban tristeza.
—Se ahorcó. Lo encontraron colgado de una viga en el granero —Mathus apoyó una mano en el hombro del joven Lionheart quien se encontraba conmocionado—. Venid conmigo, por favor. Hay algo que debo decirle también a Lowell. Y un encargo que debo pediros a ambos.