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jueves, 11 de julio de 2013

Serenata a un viajero perdido



Serenata a un viajero perdido





Cristian avanzó cautivado por la melodía. Guiado por una mano invisible, misteriosa, y que a la vez le evocaba la nostalgia de sentirla conocida.
            Se adentró en lo profundo del bosque, dando trompicones. Su visión era limitada, el espeso follaje de los pinos y abedules dificultaba el ingreso de los rayos lunares. Sólo unas pocas lanzas de luz pudieron superar tal barrera y le ayudaron a encontrar un sendero.
            Al llegar a un claro, halló el origen de la melodía. A orillas del lago, sentada sobre el tronco de un árbol caído, se hallaba la mujer más bella que alguna vez hubiese visto. El rubor en sus mejillas destacaba en su nívea piel, dotándola de una dulzura natural, casi mágica. La mortecina luz nocturna realzaba, aún más, el majestuoso color de las hebras plateadas de su largo cabello. Diminutas esferas refulgentes revoloteaban a su alrededor. Con sus delicados dedos arrancaba de una lira las tristes notas que lo habían cautivado, conduciéndolo hasta ella. A Cristian se le antojo que se trataba de una ilusión.
            La mujer dejó de tañer las cuerdas al verle llegar. Le obsequió una sonrisa tierna, cálida, pero cargada con cierto aire de melancolía.
            —Finalmente me has encontrado —dijo, y sus cerúleos ojos se cubrieron de lágrimas. Las esferas de luz se alejaron raudas hacia el lago.
            El joven perdido en el bosque se debatía en comprender si se trataba de una onírica visión o una realidad fantástica, y no supo responder. Las palabras le rehuyeron. Permaneció en silencio.
            —Veo que me has olvidado. En cierta forma lo esperaba, pero conservaba esperanzas de que no sea así —se lamentó la dama—. Supongo que soy yo quien se niega a olvidar.
            —Yo… no… —Cristian quiso excusarse por no encontrar las palabras justas para expresar la vorágine de sensaciones tan diversas y confusas que luchaban en su interior. Había algo en aquella mujer que alivianaba su alma, que lo llenaba de gozo, de paz. Quiso poder ser capaz de recordar. Pero no pudo—. Lo siento.
            La mujer suspiró, cabizbaja. Levantó la frente, lo miró directamente a los ojos y volvió a sonreír.
            —Ven, acércate —le pidió, extendiendo la mano derecha con gracia.
            Cristian dudo por un instante. Un instante muy breve, fugaz. No sentía temor ni recelo. Había algo en esa misteriosa mujer que le resultaba familiar. Dolorosamente familiar.
            Se acercó a ella con pasos calmos, seguros. Se sentó sobre el suelo, a poco más de un metro de distancia. La angelical figura lo contemplaba en silencio. Él le correspondió, maravillado. Veía con admiración la aureola que la luz producía al reflejarse en los plateados cabellos, que la suave brisa acariciaba y desordenaba a placer.
            Permanecieron así. En silencio. Intercambiando miradas a modo de mudas palabras, bajo la custodia atenta de la luna llena.
            El joven temía romper el encanto de la mágica escena, pero necesitaba saber y aventuró unas palabras queriendo iniciar una conversación.
            —Mi nombre es…
            —Cristian. Lo sé. —Lo interrumpió ella y él quedó perplejo—. Nos conocimos en este mismo lugar, tiempo atrás. Tiempo que para mí ha sido una eternidad. Pero veo que tú me has olvidado.
            —No, no es eso. Es sólo que… que… —Las palabras volvieron a escapársele, abandonándolo en su confusión interior—. Es sólo que no recuerdo. No es lo mismo. Me he es muy difícil poder explicarlo.
            —Te comprendo. En verdad, te comprendo. —Ella inclino su cuerpo, en un leve movimiento, intentando levantarse de su sitio. Quería correr a sus brazos, mas se contuvo y permaneció sentada. Fingiendo la templanza que anhelaba tener—. No me recuerdas, pero no puedes olvidarme. Por eso estoy aquí. Para ayudarte a cerrar la puerta que nos une y nos separa a la vez.
            Cristian no consiguió comprender sus palabras, pero compartía el sufrimiento que las mismas implicaban y que ella pretendía no sentir, aunque el tenue brillo en sus ojos la delatara.
            —He pedido que se me concediera volver a verte una vez más. Una última vez, para despedirnos. —Ella se apartó del rostro unos cabellos que el viento había encrespado, luego lo miró con ojos llenos de lágrimas—. Para decir adiós.
            Cristian se aproximó repentinamente, quedó con una de sus rodillas sobre el suelo y la tomó de las manos, con ternura y firmeza.
            —¡Espera, por favor! —Imploró—. Necesito saberlo. Siento que hay una parte de mí que falta, que me ha sido arrebatada. No comprendo lo que ocurre. No recuerdo nada en absoluto, pero te siento en lo profundo de mi corazón. Siento que quiero abrazarte, besarte y no dejarte ir. No quiero perderte otra vez.
            No hizo nada de lo que dijo. No se atrevía.
Sin embargo fue ella quien se arrojó sobre él, convirtiendo en acciones los pensamientos que pasaron por la mente de Cristian.
El joven sabía que esa escena se había repetido incontables veces. Una voz le hablaba en su interior. Su corazón lo sabía. Pero él no recordaba.
            Quedaron tumbados sobre el fresco césped. Él de espaldas. Ella encima de él.
            —Perdóname. ¡Soy una estúpida! Esto está mal. No debería haberlo hecho —dijo entre sollozos, arrepentida. Intento librarse de él, pero Cristian la aferró aún con más fuerza y ella no se resistió—. Soy débil.
            —No te preocupes —dijo Cristian con ternura, consolándola. Le acarició el cabello, mientras ella reposaba la cabeza sobre su pecho—. Yo también quería hacerlo, tú simplemente te me adelantaste.
            Ella lo tomó de la mano.
            —¿Has oído mi serenata? —preguntó—. La he tocado sólo para ti.
            —Constantemente. Esa melodía me acompaña, como un susurro en el viento. Durante el día, incluso en la universidad, cuando mis pensamientos huyen de las clases. Durante la noche, cuando contemplo las estrellas. En ocasiones creo ver un rostro dibujarse en mi mente. ¿Eres tú, cierto?
            —Sí.
            —¿Esto es un sueño?
            —No, y si lo es, no quiero despertar.
            Él besó su frente y ella se estremeció.
            —¿Aún sientes dolor en tu pecho? —indagó, acariciándole el tórax—. ¿Qué sientes?
            —Un dolor punzante que me abrasa por dentro —respondió Cristian, y se sintió afligido, pero reconfortado a la vez—. Te preguntaría cómo es que sabes. Mas no hace falta, ¿verdad? Tú lo sabes todo acerca de mí, pero yo no te recuerdo. Siento que hay un vacío en mí. Una historia de la que no sé el final. Un pasado perdido. ¿Podrías explicármelo? ¿Podrías al menos decirme tu nombre? Necesito recordar.
            Ella se apartó de él repentinamente. Se sentó a su lado.
            —No, no puedo hacerlo —confesó. Se mordió los labios—. Mi misión no es ayudarte a recordar, sino a olvidar. Es mejor así. Es por tu bien.
            —¿Cómo puede ser mejor que no recuerde, que desconozca una parte de mí? Una parte que siento es importante.
            Ella no respondió, simplemente lo observaba en silencio.
            En el cielo las nubes se abrieron, dando paso a la luna que, con su luz, bañó de plata el lago que se extendía hasta perderse en un horizonte lejano. Las diminutas esferas brillantes que antes revoloteaban en torno a la mujer, ahora daban vueltas elípticas sobre el agua.
            —No queda mucho tiempo —susurró ella, con voz queda y lastimera. Se puso en pie, Cristian la imitó—. Debo marcharme. —Avanzó hacia él. Lo abrazó. Dejó caer la cabeza sobre su pecho. Las lágrimas le corrían por el rostro—. Esta vez será un adiós definitivo.
            —¡No quiero! —La aferró con energía, llevado por un impulso que nació en su interior. Sentía un extraño escozor en el tórax—. Siento que ya te he perdido antes. Sé que fue así. No  quiero que vuelva a ocurrir.
            —Tus recuerdos fueron borrados —reveló ella de repente, en un acceso de sinceridad y compasión—. Todo, desde el día en que nos conocimos hasta que… —Calló—. Este lugar, mi nombre, tu… —Calló—. Todo fue quitado de tu mente. Pero tu corazón aún me recuerda. Por eso todavía oyes mi canción. Por eso estoy aquí. Soportas el peso de mis actos. Fui egoísta. Lo siento. —Su voz comenzaba a quebrarse—. Pero a partir de esta noche te libero de esa carga. Yo conservaré nuestros recuerdos. —Su voz se quebró por completo. Unas gotas perladas por la luz de luna escaparon de sus ojos de cielo—. Tú sólo vive. —Extrajo una pequeña bolsita de la faja con la cual se ceñía la túnica a la cintura—. Vive y olvida.
            Sacó de la bolsita un puñado de un polvillo gris y lo sopló en el rostro de Cristian. La sustancia se introdujo en él. Llenó sus pulmones. La percibía recorriéndole el cuerpo entero. Su corazón se aceleró, luego comenzó  a latir con mayor tranquilidad. Sus músculos se entumecieron. Finalmente se relajó, contra su voluntad.
            —Es extracto de erinemona —explicó ella—. No te hará daño, solo paraliza.
Se aproximó a él. Lo besó con ternura, y Cristian sintió turbar su mente por un torbellino de imágenes que acudían a él y se marchaban fugaces, cediendo terreno a la oscuridad. La muchacha retiró sus cálidos labios y en él sólo quedó el vacío. Un espacio en blanco.
La vio retroceder, en dirección al lago, con la mano en alto moviéndola lentamente en un ademán de despedida.
—Adiós —dijo ella, con voz apagada y penosa, como el viento invernal—. No te olvidaré.
La mujer caminó rumbo al lago, adentrándose en sus frías aguas. Las diminutas esferas refulgentes volvieron. Danzaban en torno a ella.
Cristian, paralizado, solamente podía contemplarla. No comprendía la escena. Tampoco le importaba. Su mente estaba en blanco. Vacía.
La mujer detuvo su andar cuando el agua le llegó a la altura de su cintura. El lago entero resplandeció con una tenue luz blanquecina. Tras un breve momento en que volvió la vista atrás, ella continuó su marcha hasta quedar completamente cubierta por el agua. Su figura se perdió en la luz.
El lago se había convertido en una imponente luna líquida que ondulaba perdida en la inmensidad de un bosque ignoto.
De pronto, la luz ganó en intensidad hasta volverse cegadora. El amplio horizonte blanco comenzó a desvanecerse a gran velocidad. Tras unos segundos, el  imponente lago de luz se vio reducido a un pequeño estanque opaco y sin vida.
La misteriosa mujer había desaparecido, pero su figura aún permanecía dibujada en la mente confundida de Cristian.
El joven lentamente recuperó el control de su cuerpo.
Sentía el vacío en su interior, mas ya no habían ausencias en su ser.
El viento ya no le susurraba ninguna triste melodía.
Estaba perdido en un lugar desconocido. Se encontraba agotado. Confundido.
Miró a las estrellas y suspiró. Las nubes, como largos tentáculos oscuros, se apoderaban de la luna. Las sombras comenzaron a devorar el bosque. Veloces. Hambrientas. Todo se perdió en las penumbras, excepto un pequeño círculo frente a él. Vio en dirección al estanque el reflejo del contorno lunar que se desvanecía y el sabor de un melancólico beso impregnó sus labios. Un nombre azotó su mente.
—Jo… Joss… —balbuceaba—. Jossie… ¡Jossie! —Recordó repentinamente y las imágenes perdidas volvieron a él, arrollaron su mente en una salvaje estampida. Recordó a la mujer, su nombre, su canción. Recordó donde estaba. Recordó el dolor en su pecho. La espada clavada en el y la cruel sonrisa de quien asía la empuñadura. Recordó las gotas de lágrimas golpeando su rostro. Recordó la cara de la mujer que lo llamaba. Recordó la oscuridad y su corazón se agitó. Se le dificultaba respirar—. ¡¡Jossie!! —gritó desesperado. Sus recuerdos habían regresado. No la olvidaría mientras su corazón continuara latiendo.
Finalmente la oscuridad lo devoró también a él. El mundo desapareció.
Abrió los ojos de par en par, sobresaltado. Exhausto. El sudor corría por todo su cuerpo. Ya no había oscuridad. Tampoco había un bosque. Se hallaba en su habitación. En  su hogar. Algo era distinto. El aroma de las flores silvestres flotaba en el aire, cuando lo habitual era el humo de sus cigarrillos. Vicio que adquirió hace sólo unos pocos meses, tras la ruptura con su novia. Guardó silencio. Pero ya no oía la triste melodía, sólo el bullicio habitual de una ciudad caótica. Se sintió vacío, otra vez.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama. Miró hacia su izquierda, el lugar donde ella solía estar. No había nadie.
Se asomó al balcón. Llevaba un cigarrillo. No lo encendió. Simplemente lo arrojó al vacío, mascullando palabras absurdas. Maldiciendo la ciudad.
Centró la vista en las estrellas.
—Jossie —murmuró.
Bajó la mirada, abatido. Quiso consolarse buscando una excusa.
—Sólo fue un sueño… Un bello sueño.

domingo, 6 de enero de 2013

Ônero - Reino de Sueños - Capítulo 4


Ônero
Capítulo 4





            Se encontraban prisioneros en una celda de los pisos superiores del Palacio de Gobierno. No era cómoda, pero sin dudas era más agradable que estar cautivos en las mazmorras del subsuelo.
            Genárab caminaba sin cesar, dando vueltas, yendo y viniendo por la habitación. Lanay se agazapó en un rincón abrazándose las piernas. Mientras que Maister se recostó, despreocupado, sobre un camastro.
            Oyeron el chirrido de las bisagras de esa vieja puerta al final del pasillo y automáticamente comprendieron que una nueva de preguntas iba a comenzar.
            Un hombre vestido con una túnica color azul claro y ribetes verde esmeralda en las mangas llegó escoltado por cuatro guardias.
            —Esperen afuera —ordenó el Sabio a sus acompañantes, mientras sacaba de uno de sus bolsillos un manojo de llaves para ingresar a la celda.
            —¿Está seguro, su Lumbrera?
            —Descuide, capitán. Estos jóvenes no representan ningún peligro.
            Luego de tranquilizar a los centinelas, el religioso cerró la puerta y se sentó en una banqueta frente a los cautivos, que lo observaban con curiosidad; hasta ahora, todos los interrogatorios habían sido hechos en forma individual y en una habitación diferente.
            —Soy Sean Brightman, Sabio Asistente de Su Lumbrera el sabio maestro Murer —se presentó sonriente—. El día de hoy, seré yo quien se ocupe de continuar la investigación en torno a sus identidades. Confió en que cooperarán y me ayudarán a encontrar la verdad. De lo contrario, me temo que las próximas preguntas se las formulará alguien menos simpático que yo y en una sala mucho menos agradable.
            —¿Piensan torturarnos? —los ojos de Lanay se abrieron de par a par al pensar en esa posibilidad.
            —El sabio maestro Murer insiste en que esa es la única forma de hacerlos confesar la verdad.
            —¿De que verdad habla? —Genárab escupió las palabras con ira—. Ya contamos nuestra historia. ¡Y todo lo que dijimos era verdad!
            —Puede que tengan razón —Brightman se cruzó de brazos—. Pero hay ciertos puntos en su historia que no concuerdan.
            —¿Cuáles puntos? —Maister continuaba recostado en el camastro, sólo había abierto los ojos momentáneamente al oír que los barrotes de acceso a la celda se abrían.
            —Bien… umm… —Brightman se apoyó un dedo sobre la sien, intentando recordar—. ¿Quieren que se los marque en la secuencia de sus relatos?
            —Por favor —pidió Genárab—. Eso nos ayudaría a entender a nosotros también.
            —Está bien, así será entonces —el Sabio Asistente entrecruzó los dedos apoyando sus manos sobre su regazo—. En primer lugar, la forma en que dicen haber llegado a este mundo es imposible.
            —¿Por qué? —preguntó Lanay.
            —Porque insisten en haber sido traídos por la invocación de un mago. Sin embargo, aunque numerosa es la cantidad de gente que ha aparecido repentinamente en este mundo a lo largo de la historia, el cómo llegan sigue siendo un misterio. Ônero es una tierra mágica que está interrelacionada con otras dimensiones, eso lo sabemos; pero también somos conscientes que la puerta de acceso es unidireccional, no existe nadie capaz de transportar nada, ni a nadie, desde el exterior hacia ésta realidad.
            —Entonces, ¿cómo explica el que estemos en este mundo? —inquirió Genárab, quien se había sentado a los pies de otra de las camas.
            —Como dije, muchas personas llegan  Ônero, por lo general, al perder el conocimiento —Brihtman se encogió de hombros—. Es probable que quien los encontró simplemente les hubiese jugado alguna broma poco feliz y de mal gusto.
            —¿Dice usted que Faerom nos mintió? —Lanay parecía sorprendida—. Parecía un hombre tan atento y veraz.
            —He ahí el segundo punto —remarcó el interrogador, rascándose la nariz—. El sabio maestro mayor Faerom, lleva más de cincuenta ciclos muerto. Cincuenta y siete para ser exacto.
            El desconcierto en los rostros de los jóvenes era evidente. Incluso Maister, que hasta ese momento permanecía recostado, se levantó repentinamente y se reubicó sentándose en ella.
            —¿Insinúa que un muerto nos trajo a este mundo?
            —Desde un comienzo les dije que su versión era imposible de aceptar —Brightman no disimulaba su sonrisa de satisfacción, disfrutaba mucho las expresiones en los rostros de sus ingenuos interrogados—. Lo más llamativo es que, el hombre que mencionan, vestía una túnica púrpura con ribetes dorados en las mangas. Mortaja tradicional de los Sabios Mayores cuando se les da santa sepultura. Siendo ustedes de otro mundo, no deberían conocer tal detalle. Por eso creo que son victimas de una mala broma.
            —¿Qué hay respecto a la profecía? —preguntó Genárab, acongojado—. ¿Somos la reencarnación de los antiguos Guardianes Legendarios, verdad?
            —Nos bautizaron con sus nombres —añadió Lanay.
            —Ah, sí, la profecía. Cierto, cierto —Brightman se tapó la boca con su mano izquierda, queriendo contener sus ganas de reír. No pudo evitarlo—. ¡Ja, ja, ja! Eso es lo más gracioso de todo lo que han dicho —inhaló profundamente para resistir la tentación y recuperar la compostura, a continuación carraspeo para aclararse la voz—. Verán, la verdad es que… no existe tal profecía. Jamás hubo Guardianes Legendarios, ni nada parecido. Efiàl fue derrotado gracias a la Coalición Solar, la unión formada por todos los pueblos libres de Ônero que se oponían al terrible hechicero y su ejército de entes oscuros. Aquella guerra fue llamada la Guerra del Destino, porque de haber obtenido la victoria, Efiàl hubiese cubierto la tierra de sombras ganando terreno para sus huestes demoníacas.
            —¿Hechicero? —Lanay estaba tan confundida como el resto de sus compañeros—. Creíamos que Efiàl era el Príncipe de la Oscuridad.
            —No, no lo era. Efiàl fue un mago muy talentoso. Su sed de conocimientos lo llevó a investigar antiguos artes prohibidos. El camino que transitó en su busqueda es un misterio. Lo único que sabemos al respecto, es que poco a poco fue sumergiéndose en la oscuridad, hasta que ésta finalmente lo engulló y escupió como un ser completamente diferente al que era. Hizo un pacto con Vraknar, el auténtico Príncipe de la Oscuridad. A cambio de poder, él sembraría el mundo con sombras y demonios para que la noche sea eterna y Vraknar pudiese gobernar sin la oposición de aquellos que adoramos y servimos a la Luz —explicó el Sabio—. Y antes que pregunten, puedo anticiparme y asegurarles que Efiàl no regresará. Una vez derrotado, su cuerpo fue arrojado al cráter de un volcán. Jamás se mencionó el lugar exacto, para que nadie pueda hallarlo, si es que algún día alguien tan estúpido para querer revivirlo encuentra  la manera de hacerlo. Manera que por cierto, nadie, si quiera en los círculos más elevados de conocimiento del Templo Sagrado conoce.
            —¿Cómo se relaciona todo esto con nosotros, entonces? —preguntó Genárab.
            —Eso es lo que queremos averiguar —Brightman se encogió de hombros—. El jek Shamar Ne Hommir insiste en decir que con tortura les sacaremos la verdad. Sin embargo, yo los he convencido, tanto a él como al sabio maestro Murer, que ustedes son inocentes. Su único crimen es ignorar la historia y cultura de un mundo diferente que les es ajeno. ¡Ja, ja, ja!
            —Entonces, ¿usted nos cree? —Lanay expresó su alivió tras oír al Asistente.
            —Yo creo que con su ayuda podremos resolver este misterio.
            —¿A qué se refiere con: “su ayuda”? —sintió curiosidad Genárab.
            —Mañana partirán rumbo a la Sagrada Sede. Es probable que en el Templo Sagrado alguno de los Sabios Maestros Mayores pueda hallar las respuestas que los Sabios de ésta ciudad no podemos ver.
            —Hay algo que me inquieta —intervino repentinamente Maister—. ¿Qué decía el pergamino? ¿Por qué nos aprisionaron tras leerla?
            —Sandeces. Como dije, sólo era una broma de mal gusto —Brightman sonrió con desazón—. Pero, en las últimas líneas ponía:”Ellos provocarán el retorno de Vraknar”.

jueves, 3 de enero de 2013

Ônero - Reino de Sueños - Capítulo 3


Ônero
Capítulo 3





            Antes de partir, Faerom les pidió realizar un breve ritual que les ayudaría en su aventura.
            Apoyó el pulgar de su mano derecha en la frente de Javier y pronunció palabras en un lenguaje ininteligible. Hubo un tenue destello de luz azulada.
            —Yo te bautizo Genárab, la fortaleza —agregó.
            Se dirigió a Victoria y tras reiterar las palabras incomprensibles una suave luz verde-azulada, brilló en la parte superior de su rostro.
            —Yo te bautizo Lanay, la sabiduría.
            Finalmente se ubicó frente a Bruce y repitió el procedimiento. En ésta ocasión, el fulgor fue de verde mortecino.
            —Yo te bautizo Maister, la prudencia.
            Finalizado el ritual, Faerom, sonriente, retrocedió a unos pasos de distancia.
            —Genárab Lanay y Maister eran los nombres de los tres guardianes legendarios, por esa razón les he bautizado con ellos. Desde este momento serán capaces de comprender todas las buenas lenguas de Ônero. He liberado parte de las memorias espirituales que duermen en su interior, no obstante, será su labor alcanzar su máximo potencial.
            —¿Entonces conseguiremos entender palabras cómo las que dijo recién? —preguntó Javier, ahora llamado Genárab.
            —Así es.
            —¿Podría repetirlas?
            —No sería prudente. Sé que sientes curiosidad, pero mejor concéntrate en lo que ha de venir.
            Genárab asintió, resignado.
            Momentos después terminaron de supervisar sus equipos y provisiones, alistándose para marchar. Repasaron minuciosamente que cada detalle estuviese en orden. El Sabio les dio unas últimas indicaciones y consejos
            —Me gustaría poder acompañarlos, pero hay asuntos de vital importancia que debo atender —su voz sonaba afligida—. Sé que estarán bien sin mí, porque el espíritu de los guardianes reside en su interior y los dioses velan por ustedes.
            Los jóvenes se despidieron del hombre que lentamente se perdía en el horizonte. En varias oportunidades voltearon la vista atrás, hasta que el oasis, finalmente, se desvaneció en el ondulante paisaje.
            Así comenzó su aventura.
            Viajaron por el desierto a lomos de gibosas  monturas. Eran bestias de grueso porte y gran fortaleza. De altura no mayor a la de un hombre. Piel gruesa, dura y algo escamosa. Un cuello apenas visible y una cabeza ancha de aspecto feroz, acentuado por los dos incipientes cuernos que sobresalían a cada lado, sobre la comisura de los ojos. Faerom les informó que las criaturas se llamaban lemaks y formaban parte de un grupo domesticado de su dominio. Los lemaks estaban adaptados para largas travesías por el desierto y podían pasar hasta veinte días sin condicionarse por tener que volver a beber agua, no así los jóvenes aventureros, por lo cual habían atiborrado a las bestias de varios barriles del preciado líquido; además de numerosas canastas repletas de frutas, vegetales y carne en conserva por si tenían la necesidad de alimentarse. Habían desayunado bien esa mañana y el viaje no sería muy largo, les aseguró el Sabio, pero estar preparados, nunca está de más.
            También llevaban armas: espadas, escudos, arcos y carcajs, distribuidos en igual cantidad para cada uno de ellos.
            —No dejan de ser objetos inútiles —comentó Maister sonriendo socarrón—. Ninguno de nosotros fue adiestrado para usarlas.
            —Cierto —asintió Lanay—. Pero, tampoco ninguno de nosotros pensó alguna vez blandir una hoja en una mortal lucha decisiva contra un demonio —al parecer, ella disfrutaba mucho de la situación.
            —Todos alguna vez soñamos con tal posibilidad —añadió Genárab—. Y no he dejado de preguntarme si todo esto no es más que un sueño.
            —Eso sería muy curioso —Lanay rió—. Los tres soñando un mismo sueño individual, creamos un gran sueño grupal.
            Genárab también celebró tal deducción.
            —Si fuese así —intervino Maister—¿Por qué estamos los tres en él, si nunca nos hemos visto en la Tierra?
            Nadie supo contestar, y por un largo trecho permanecieron en silencio pensando al respecto.
            Durante varias horas continuaron su marcha surcando los mares de dunas bajo los agotadores rayos de sol. El tiempo se escurrió veloz como arena entre sus dedos. El crepúsculo tiñó de violeta el cielo y aunque aún la oscuridad no había florecido, a lo lejos, pudieron ver como las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.
            Al oeste se alzaba Moghree, la ciudad más oriental del reino de Shek’ram, rodeada por una blanca muralla que se extendía varios kilómetros en torno a ella.        Los accesos principales se encontraban ubicados siguiendo los puntos cardinales. Por lo general, los accesos norte y oeste eran los más concurridos, no así el sur; mientras que el del sector este, rara vez era frecuentado. Solamente se presentaban por él los shusansaris cuando pretendían comerciar su botín.
            Ese día, como en tantos otros, nadie formaba fila para ingresar por tal sector, por lo cual sólo había cuatro guardias, lanza en ristre,  apostados en la puerta de arco abovedado que permitía el ingreso a la ciudad.
            —Recuerden lo que dijo Faerom —les advirtió Genárab—. Somos heraldos llevando un importante mensaje para el Sabio Maestro. De lo contrario no nos permitirán ingresar.
            Lanay y Maister asintieron.
            Al llegar, uno de los guardias se aproximó con la mano en la empuñadura de su espada. Los otros tres los rodearon apuntándolos en forma amenazante con sus lanzas.
            —¡Alto ahí! —ordenó el que se diferenciaba de sus compañeros por llevar un penacho rojo en el casco—. Debemos revisar su mercancía antes de permitirles ingresar.
            —No somos comerciantes —bufó maister—- Y tenemos prisa.
            —Somos heraldos —agregó Genárab al tiempo que sacaba un pergamino lacrado de uno de los bolsillos de la túnica que le había entregado Faerom para desempeñar tal rol—. Tenemos un mensaje para el sabio maestro Murer y es urgente que nos presentemos ante él —extendió su mano para acercarle el rollo al centinela—. Como ve, es un documento sellado por un Sabio Maestro y únicamente otro puede abrirlo.
            El guardia observó el documento unos instantes, luego analizó detenidamente a los jóvenes y devolvió el pergamino.
            —¡Bien, pueden pasar! —dijo finalmente—. Pero los lemaks deben permanecer fuera.
            —De acuerdo —aceptó Genárab—. Es la primera vez que venimos a ésta ciudad, necesitaremos alguien que nos guíe hasta el Palacio de Gobierno.
            Mientras que tres centinelas amarraban las riendas de las bestias a los palenques exteriores, el que estaba al mando se ofreció a guiarlos,
            —Soy Khabsar Ne Bashnir, Capitán de la Guardia Oriental, acompáñenme, por favor.
            —¿Por qué un capitán custodia una puerta? —sintió curiosidad Genárab.
            —Porque ésta puerta suele ser más emocionante que la ciudad —contestó el 
            Al ingresar, transitaron por una amplia calle de piedras donde algunos tenderos terminaban de cerrar sus puestos, otros comenzaban a hacerlo y unos pocos aún pregonaban su mercancía.
            —Por lo general, los mercados suelen estar abarrotados —les explicó Khabsar—. Pero, por las noches las calles no son tan seguras. Aunque mis compañeros y yo nos esforcemos por atraparlos, los malandrines se las ingenian para escapar.
            Siguieron la marcha tras el guardia, observando con detalle a los habitantes de la zona.
            Los hombres vestían calzones largos, túnicas cortas y un chaleco aún más corto, sandalias y alguno que otro, llevaban un sombrero de forma cilíndrica.
            Por su parte las mujeres lucían largas túnicas de mangas cortas que las cubrían hasta los pies. No se engalanaban con ningún tipo de joyas. Solamente portaban una pulsera en la mano derecha, de la cual nacía una delicada cadentita que se ajustaba a un anillo en el dedo meñique. Pocas eran las que no llevaran una.
            —¿Eso tiene algún tipo de significado? —preguntó Lanay, que había notado el detalle.
            —En efecto —respondió Khabsar—. Son mujeres casadas. Esposas que están unidas a un hombre por lazos sagrados. Son la mano izquierda de su señor. La cadena representa tal unión y les recuerda a todos que ya tienen propietario.
            —¿Propietario? —Lanay se horrorizó—. ¿Insinúas que las mujeres somos objetos?
            —Esa es la tradición —el guardia sonrió con picardía y señaló hacia un grupo de personas—. ¿Estás en desacuerdo con eso también?
            Habían llegado a la plaza de la ciudad, una muchedumbre se reunía entorno a un patíbulo, donde un sujeto postrado de rodillas estiraba su brazo y lo apoyaba sobre un tocón. Un hombre corpulento se acercó exhibiendo un hacha que agitaba en el aire mientras la gente a su alrededor vitoreaba y maldecía entre gritos y silbidos.
            Un único golpe bastó para cercenar la mano derecha del que estaba arrodillado.
            Lanay se cubrió el rostro con las manos.
            Genárab tragó saliva súbitamente, mientras una gota de sudor descendía por su frente.
            Maister admiró la escena sin perder detalle y dejó escapar una leve sonrisa de satisfacción.
            —Ese delincuente no volverá a robar —comentó Khabsar luego de suspirar con incomodidad—. Sigamos.
            El Palacio de Gobierno era una edificación imponente construida de granito blanco. Cuatro cúpulas de bronce bruñido se sobresalían en el techo en cada rincón del mismo, mientras que en el centro, se alzaba orgullosa una cúpula mayor bañada en oro y con aplicaciones de rubíes, esmeraldas, zafiros y topacios, que se ceñían a su alrededor, sobre un cinturón de plata.
            Ascendieron por la escalinata que conducía al portal de ingreso, donde ocho centinelas aguardaban. Cuatro permanecían, ubicándose dos a cada lado de la puerta, mientras que los otros cuatro rondaban de un extremo al otro del peristilo.
            —Yo hablaré con ellos para informar quienes son —se excusó Khabsar, dejando a los jóvenes viajeros unos metros atrás. Momentos después les hizo señas para que se acercaran y los guardias abrieron las puertas.
            Caminaron por una amplia galería exquisitamente decorada hasta llegar al salón principal.
            Nuevamente el acceso estaba custodiado.
            —Estos heraldos traen un mensaje urgente para el sabio maestro Murer  —notificó Khabsar a sus compañeros de armas—. Yo los escoltaré hasta su presencia.
            Los guardias se hicieron a un lado y pudieron ingresar. Al hacerlo, un hombre gordo sentado en un trono doce escalones más elevados del suelo y ubicado al fondo de la estancia aplaudió y seis mujeres que danzaban sensualmente en la sala, se detuvieron y salieron raudamente del recinto. Vestían calzas de seda vaporosa y sostenes decorados con lentejuelas y campanillas; y a diferencia de las mujeres que habían visto anteriormente, éstas lucían varias joyas y alhajas en el cuerpo. Caminaban meneándose con lujuria. Genárab, ruborizado, las siguió atentamente con la mirada hasta que la puerta se cerró al salir la última de ellas.
            Solamente permanecieron en el salón los viajeros, Khabsar, Murer, el jek Shamar Ne Hommir, mandatario de esas tierras, el comandante general de la guardia y sus hombres armados.
            Khabsar se adelantó con el pergamino lacrado y se lo entregó al Sabio Maestro. Éste lo observó y al notar que estaba asegurado con un sello mágico, murmuró unas palabras en un tono de voz intencionalmente inaudible, para que nadie descubriese la clave para abrir tales mensajes.
            Desenrolló el papiro. Lo leyó para sí mismo. Se acercó al soberano de la ciudad y le susurró algo al oído.
            El Jek se puso en pie con expresión hosca y ordenó a gritos:
            —¡Guardias arresten a esos impostores!

martes, 1 de enero de 2013

Ônero - Reino de Sueños - Capítulo 2


Reino de Sueños
Ônero
Capítulo 2





            Estaban esperando a su anfitrión, sentados a la mesa en un pequeño salón, iluminados por las antorchas que destacaban como única decoración de la estancia.
            Una puerta se abrió y de ella surgió Faerom, quien luego de realizar una reverencia, se ubicó en uno de los extremos de la mesa.
            —He pedido a los sirvientes que se ocupen de preparar una cena acorde a tan importantes invitados y espero sea de su agrado —depositó sobre la tabla una campanilla de bronce—. Deben recuperar fuerzas, ya que su viaje ha de haber sido muy agotador. Supongo que tendrán muchas preguntas y nada me complacería más que evacuar sus dudas e inquietudes.
            —¿Dónde estamos? —Quiso saber Javier.
            —En mi humilde morada.
            —Eso está claro, pero ¿qué lugar tan extraño es este? —Repreguntó Javier—. Esto no es la Tierra, ¿verdad?
            —¿La Tierra? —Una sonrisa se dibujó en el rostro de Faerom—. No, ya no están en su mundo. Esto es Ônero, un mundo que existe en una realidad paralela a la que ustedes conocen.
            Los jóvenes se miraron entre si desconcertados.
            —¿Y cómo es que llegamos aquí? —en ésta ocasión fue Bruce quien formuló la pregunta.
            —Porque yo les he invocado —levantó su mano derecha evitando que alguno de los jóvenes aventurara una interrogante—. Traerlos a este mundo no ha sido fácil. Fue muy agotador, debo admitir. Sólo podía invocar a uno de ustedes cada tres días y para evitarles la angustia que pudiera causarles despertar en tierras extrañas y desoladoras, realicé un conjuro para mantenerlos dormidos hasta que estuviesen los tres juntos.
            —Así que uno de nosotros durmió por seis días, ¿no? —la risa de Javier fue breve pero tenía cierto regusto a sarcasmo—. No quisiera saber quien fue, pero si me gustaría que nos explicara porque nos ha mantenido cautivos en una burbuja, si bien podríamos haber esperado en un sitio más cómodo la llegada de los demás.
            —Comprendo que la burbuja no haya sido un lugar agradable donde esperar —Faerom cerró sus ojos, suspiró y permaneció en silencio unos segundos—. Les pido me perdonen por mis errores, pero como dije anteriormente, transportarlos a este mundo ha resultado extenuante. Mi juventud se ha marchitado mucho tiempo atrás. He visto ya más de cien ciclos solares —pese a su afirmación, Faerom no aparentaba más de cuarenta años—, y ya no poseo el vigor de aquellos tiempos. Con cada uno de ustedes que llegaba a Ônero, mis fuerzas me abandonaban y perdía el conocimiento al igual que ustedes. Sin embargo mis sueños no han sido tan placenteros como los suyos, sino todo lo contrario, he vivido una pesadilla: visiones del futuro, aterradoras visiones del futuro —su voz estuvo apunto de quebrarse, pero se esforzó por evitarlo. Su semblante había cambiado completamente, su sonrisa desapareció y ahora reflejaba preocupación en su rostro y miedo en los ojos.
            —¿Se encuentra usted bien? —preguntó Vicky con ternura, preocupada por su anfitrión.
            —Descuida, niña —le respondió Faerom, quien volvía sonreír, aunque sólo fuese para aparcar los temores de la joven—. Las visiones de ese futuro se convertirán en recuerdos que me acompañarán de por vida. No obstante, el futuro es incierto y no ha sido escrito aún. Ustedes tienen el poder para cambiar lo que ha de ocurrir. Pero no quisiera desviar mis palabras de la respuesta que esperan oír, si me permiten continuar, he de explicarles el porqué de la burbuja en el desierto.
            —Continúe, por favor —lo animó Vicky.
            —Con gusto —el hombre asintió antes proseguir su explicación—. Mientras yo permaneciera inconsciente me sería imposible protegerles, por lo cual les transporté a una zona deshabitada, donde su presencia pasaría desapercibida. Si el enemigo ignora que han llegado podremos asestarle un duro golpe por sorpresa, antes que tengan tiempo de reaccionar. La burbuja mágica sólo ha sido una medida extra de seguridad, sus vidas son muy valiosas. Más de lo que puedan imaginar. Mientras permanecieran en ella, nada, ni nadie podría hacerles daño.
            —Así que nos ha encerrado por nuestro propio bien —la voz de Bruce no transmitía ningún tipo de emoción—. Ahora sé lo que sienten los animales del zoológico.
            Todos rieron, excepto Bruce.
            —¿Por qué soy el único que ha transportado a este mundo estando aún despierto? —el muchacho inclino levemente su cabeza y se frotó la frente con los dedos—, aunque mi memoria parece afectada, el “viaje” lo recuerdo con claridad. Al menos hasta alcanzar la luz.
            Faerom contemplaba a Bruce en silencio, solemne y con ojos curiosos.
            —Ignoro por completo lo que has visto. Es probable que tus recuerdos se vean afectados por el repentino cambio de realidad al que tu mente ha sido expuesta. Te pido disculpas por ello. Pero si he tenido que transporte estando tú aún consciente, es porque el tiempo apremia.
            —Bien, eso explica la burbuja —Bruce se encogió de hombros—. Pero, ¿por qué nos ha transportado a este lugar?
            Antes de responder, Faerom se tomó un breve momento para mirar a los ojos a sus invitados.           
            —Ustedes son Los Elegidos, aquellos de los cuales habla la antigua profecía. Aquellos que salvarán a Ônero, evitando se sumerja en la más fría oscuridad. Corren tiempos aciagos y las nubes de tormenta presagian el comienzo de una nueva guerra. Las fuerzas del mal se están reuniendo y organizando. Aguardan ansiosas el retorno de su amo, quien los guiará a la victoria, dejando a su paso muerte y destrucción.
            —¿Cuál profecía?
            —Así como me ven, tiempo atrás serví como Sabio Maestro —las palabras del hombre se llenaron de melancolía—. En este mundo los Sabios Maestros tienen como función adquirir y difundir el conocimiento, abarcando diversas áreas, como: la escritura, los números, la historia, la religión, la alquimia y la magia. En cierto modo, servimos como consejeros a los gobernantes y como pastores que guían al rebaño por el camino de la fe.
En la ciudad de Zoph, capital de Romilia, se encuentra la Sagrada Sede, nuestro templo del saber. Fue en sus bibliotecas donde hallé un antiguo pergamino escrito por Morsuf, un Sabio Maestro que participó en La Guerra del Destino y resulto de vital importancia para derrotar a Efiàl, el Príncipe de la Oscuridad.
            >>Lamentablemente el mal no puede ser derrotado tan fácilmente. Efiàl no ha muerto definitivamente, sólo se encuentra dormido. El pergamino de Morsuf dice que, tras ser derrotado, el espíritu de Efiàl fue sellado en tres recipientes sagrados y de ser liberado nuevamente, El Príncipe de la Oscuridad, recuperaría el poder que otrora supo tener y convocaría a sus huestes para terminar aquello que no pudo lograr entonces: cubrir el mundo entero de oscuridad y gobernar como el único dios.
            —Usted dice que hay tres sellos y nosotros somos tres —interrumpió Javier—. ¿Qué relación hay?
            —Eres observador, mi buen joven —Faerom le dedicó una cálida sonrisa—. Ustedes son los guardianes de los Sellos Sagrados. El poder mágico que encarcela a Efiàl se está debilitando. Su misión es evitar que los sellos se rompan y Efiàl retorne de su prisión eterna. Para ello, deberán hallar los recipientes sagrados y realizar el antiguo ritual que les devuelva a los mismos su poder.
            —Eso es un tanto confuso —intervino Vicky —. Si en verdad nosotros somos tales guardianes, ¿Por qué pertenecemos a otro mundo?
            —Lo que ella pregunta es lógico —añadió
Bruce—. Nadie puede cuidar aquello de lo cual, incluso, ignora su existencia.
            —Por como lo plantean, sí, es complicado de entender —contestó el Sabio—. Sin embargo, si alguien de este mundo tuviera tal responsabilidad, cedería ante la tentación y rompería los sellos. Al estar los guardianes en otra dimensión, permanecen fuera del alcance de los Hijos de la Oscuridad, por lo cual los sellos jamás podrían abrirse.
            —Pero usted nos trajo a su tierra —la expresión en el rostro de Javier acusaba su desconcierto—. ¿Eso no atenta contra la seguridad de los sellos? Si nosotros somos las llaves de una puerta que nunca debe abrirse, ¿por qué tenernos aquí?
            —Como dije anteriormente, el encantamiento mágico de los recipientes se está debilitando. Sólo ustedes poseen en sus almas el conocimiento necesario para fortalecer los sellos.
            —¿Cómo podemos poseer tal conocimiento si hasta este instante hemos oído de el?
            —La respuesta se encuentra en su interior. Para comprenderlo, deberán superar unas pruebas y demostrar que son dignos guardianes. Yo confío en ustedes. Sé que lo conseguirán.
            —¿Qué tipo de pruebas? —sintió curiosidad Vicky.
            —Las que los dioses consideren oportunas, de acuerdo a lo que se halle en sus corazones.
            —¿Quién en Ônero sabe que los sellos se debilitan? —Bruce mantenía su semblante solemne y la voz fría desde que se encontraron con Faerom en el bosque, como si su mera presencia le incomodase—. Si tal evento estuviese ocurriendo, no deberían sus cofrades notarlo también y prepararse para ello. Seguramente deben estar esperándonos.
            —Tristemente, no es así —el Sabio volvió a cerrar sus ojos y a suspirar—. La Profecía advierte que, cuando el mal cubra los corazones de los hombres, incluso aquellos que buscan la luz dejaran de ver. Sólo quien ignore el falso brillo terrenal hallará la verdad. Comprendí que mis hermanos se habían desviado del camino y busque un refugio donde poder alcanzar la iluminación. Así llegué a este bello oasis. Antes de abandonar la Sagrada Sede, les enseñé el pergamino de Morsuf a los Sabios Mayores, y a todos aquellos que pudieran entender; pero no quisieron escucharme. Me temo que no quede nadie en el Templo Sagrado que conserve un corazón capaz de ver la verdad e interpretar las señales.
            —¿Cuáles señales? —preguntó automáticamente Javier.
            —“Cuando la oscuridad cubra los corazones de hombres y mujeres. Cuando los Sabios se desvíen del camino de la verdad. Cuando la llama de los Sellos Sagrados se apague. La tierra se teñirá de sangre y sobre ella la noche su templo edificará. Será el tiempo del terror. Efiàl despertará, la oscuridad cabalgará con él y sus hijos le seguirán. Luz y Oscuridad se enfrentarán. La Guerra del Destino volverá a  librarse. Sólo quien vea la luz hallará a Los Elegidos que guiarán a Ônero a una nueva era”.Esas fueron las palabras escritas por Morsuf en su pergamino —explicó Faerom.
            —“La tierra se teñirá de sangre y sobre ella la noche su templo edificará” —repitió Javier—. Al romperse la burbuja de cristal, vimos un monte rojo, sobre el cual se ciñen unas imponentes nubes de tormenta, ¿la profecía se refiere a eso?
            —Ese lugar me produce escalofríos —añadió Vicky—. De alguna forma genera un miedo irracional como jamás he sentido.
            —En efecto, mi niña. Es natural que sientas temor. Es el Monte Rojo, sobre él se halla la tumba de Efiàl. Es el antiguo valle de Balzar`ac. Allí se libró La Guerra del Destino hace setecientos años. Millones de vidas se perdieron. Cuando todo hubo acabado, un mar de sangre cubría el terreno. La Oscuridad reclamó las tierras para sí, y el monte se irguió donde Efiàl halló su fin. La sangre que le da color no se limpiará hasta que la maldad que duerme allí sea destruida definitivamente. Las nubes de tormenta, son relativamente nuevas, aparecieron hace unos tres años. Creo que ya he respondido las interrogantes de mayor importancia.
            Faerom tomó la campanilla de bronce que había dejado sobre la mesa, la sacudió con delicadeza y cuatro sirvientas ingresaron en la habitación. Por cada comensal dejaron un plato de estofado de cordero, una hogaza de pan, un juego de cubiertos y una copa; luego en medio de la mesa ubicaron una fuente con frutas.
            Las criadas salieron del salón y Javier las siguió atentamente con la mirada y una amplia brillando sonrisa en su rostro. Momentos después regresaron y se dirigieron cada una de ellas a un rincón diferente de la pequeña estancia, llevando consigo una frasca de distinto contenido: agua, jugo de frutas, vino dulce y cerveza oscura.
            Faerom se puso en pie, extendió los brazos y carraspeó para aclararse la voz.
            —Hoy mi humilde hogar será su castillo. Mañana Ônero les rendirá homenaje —tomó su copa y la moza con la frasca de cerveza se acercó para llenársela—. Brindemos por la nueva era —los jóvenes alzaron sus copas, cada uno bebía algo diferente—. Disfruten del banquete, mis amigos. Recuperen sus fuerzas, porque mañana su viaje comenzará.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Ônero - Reino de Sueños - Capítulo 1


Reino de Sueños
Ônero
Capítulo 1





        —¡Se ha despertado! —dijo uno de los jóvenes que observaban al confundido muchacho que acababa de recuperar el conocimiento.
            —¿D-Dónde…? ¿Dónde estoy? —preguntó, aún desorientado, el que recién despertaba.
            —No sabemos, nosotros también despertamos en este lugar —respondió una chica sentada, abrazándose las piernas. Estaba apartada de los demás, tanto como le permitía esa burbuja en la que se encontraban cautivos—. Todos despertamos en este extraño lugar. Contigo somos tres.
            —¿Cómo te llamas? —quiso saber el que lo había recibido al abrir los ojos.
            —¿Mi nombre? N-No… no lo recuerdo.
            —No importa, ya lo recordarás. Yo soy Javier, y esa belleza que está ahí es Vicky.
            —¡Que no soy Vicky! ¡Me llamo Victoria!
            —Vicky. Victoria. Ambos nombres son igual de hermosos, como…
            —¿Qué lugar es este? —interrumpió el muchacho sin nombre, que en apariencia era el de menor edad de los tres.
            Los jóvenes se encontraban encerrados en una burbuja de cristal en medio del desierto. Sin importar en que dirección mirasen, sólo conseguían ver un infinito mar de arena. Pero no padecían el calor agobiante que se esperaría de un lugar así. Por el contrario, la temperatura era perfecta. Reconfortante. No obstante, estaban cautivos. Encerrados en esa misteriosa burbuja de cristal. Preocupados y pensativos, en busca de respuestas.
            El menor observó el cielo, fascinado por su color verde azulado; y luego de unos instantes de distracción, se dirigió a sus circunstanciales compañeros.
            —¿Cómo llegamos aquí?
            —Bien, a ver —Javier tragó saliva—. Recuerdo que estaba en mi cama, extenuado, luego de un día agotador. Je, je. Estaba escuchando Luz de Invierno, luego un poco de jazz y algo de Vilvaldi, cuando sin darme cuenta, me quedé dormido. Y al despertar, estaba aquí con ustedes.
            —Yo estaba leyendo —Victoria hizo una breve pausa—. No recuerdo cual libro. Sé que, repentinamente, comencé a sentirme muy agotada y mis párpados fueron haciéndose más pesados, hasta que no pude resistir más. Debo haberme quedado dormida. Fui la primera en despertar. Sólo estábamos nosotros tres. A no ser que hubiese habido otros con nosotros y que despertaran antes y de algún modo consiguieran escapar.
            —Lo dudo —respondió Javier, como si la suposición de la muchacha fuese una pregunta camuflada que alguien debía responder—. ¿Qué hay de ti, amigo? ¿También te dormiste y apareciste aquí repentinamente?
            —No. Eso sí lo recuerdo. Acababa de llegar a mi casa, cuando al abrir la puerta, lo que vi no fue la sala principal, sino una oscuridad absoluta que me atrajo hacia ella. Como si hubiese abierto una puerta que condujera a un abismo. Estaba cayendo en un vacío ciego, hasta que una pequeña luz comenzó  a brillar. La luz fue creciendo en tamaño e intensidad. Cada segundo me acercaba más a ella, pero al extender mi mano y tocarla perdí el conocimiento. Al despertar me encontraba con ustedes.
            —¡Vaya! No recuerdas tu nombre, ¿pero recuerdas algo así?
            —¿Qué puedo decir? —el muchacho sin nombre se encogió de hombros.
            Javier se quedo en silencio, caviloso.
            —¡Ya está decidido! —dijo repentinamente.
            —¿Qué está decidido?
            —Tu nombre. Al menos hasta que lo recuerdes, te llamaremos Bruce.
            —¿Bruce? ¿Por qué Bruce?
            —Por la estampa en tu remera —Javier le señaló la imagen en ella—. ¿Es Bruce Lee, no?
            —Sí, es él, pero… emm…Sí. Dejémoslo así. Pueden llamarme Bruce.
            —Oigan, algo está ocurriendo —intervino Vicky, atenta a lo que ocurría a su alrededor, mientras los otros dos charlaban sin prestar mayor atención a la burbuja; que comenzó a brillar con tonos que variaban del azul al verde en forma intermitente.
            Luego, unas extrañas inscripciones aparecieron rodeando el perímetro, formando un círculo de luces doradas que giraba en torno a ellos siguiendo el contorno de la burbuja.
            Las arenas circundantes bailaban al ritmo del círculo de luz, yendo en dirección opuesta al tránsito del sol. La burbuja dejó de brillar, pero continuaba cambiando de colores y una pequeña fisura apareció en ella, luego otra, y otra. Los jóvenes cautivos estaban maravillados y alarmados.
            Finalmente la burbuja de cristal que los retenía había perdido la fortaleza que hasta ese momento aparentaba. Se veía frágil. Frágil y amenazante.
            Esperaron temerosos que la burbuja colapsara y cientos de fragmentos de cristal llovieran sobre ellos. Esperaron. Y esperaron. Pero eso no ocurrió. La burbuja estalló en miles de burbujas pequeñas que reventaban al chocar unas con otras y se evaporaban en el aire.
            —¿Burbujas de jabón? —se sorprendió Javier, quien había comprendido de qué se trataba al intentar capturar una de ellas
            Las burbujas lentamente fueron desvaneciéndose junto con el círculo de luz que les rodeaba y los jóvenes quedaron en libertad, perdidos en la inmensidad de un desierto desconocido.
            —Somos libres, ¿no? —Preguntó ansiosa Victoria—. ¿A dónde iremos ahora?
            —Mira hacia allá —Javier señaló en dirección a un bosque surgido repentinamente sin que nadie se percatara de su existencia hasta ese instante.
            —¿Un bosque? Eso no estaba allí antes.
            —Creo que es la mejor opción —intervino el que habían apodado Bruce—. Vean en la dirección opuesta.
            En algún momento, a sus espaldas, se había formado una tormenta lejana que se aproximaba a ellos parsimoniosamente. En aquella zona el cielo se oscureció completamente y con cada relámpago podía entreverse la forma de un monte distante. Era rojo. En esa ocasión ninguno pudo explicarlo, pero la imagen inundó sus almas de tristeza y temor. Decidieron ir en dirección al bosque.
            Caminaron tan veloces como las arenas del desierto se lo permitieron. Atravesaron una cadena de dunas sin muchas complicaciones, aunque trastabillaron y terminaron en varias oportunidades de rodillas en el cálido suelo.
            Hasta que finalmente llegaron.
            El bosque contrastaba notablemente con el árido terreno sin vida que se encontraba a escasos pasos de distancia. Frondosos árboles de gruesos troncos, arbustos floridos y de bayas, enredaderas, suelo húmedo y el trinar de las aves que dotaban al lugar de consoladora tranquilidad.
            Avanzaron hacia el corazón de la espesura y se detuvieron a beber de un pequeño arroyo que encontraron a su paso.
            —Este sitio es mucho mejor —Javier se remojó el cabello tras tomar un poco de agua—. ¡Odio el maldito calor!
            —Era sólo un poco de calor —se burló Vicky—. Aunque el viento lo hacía insoportable.
            —Continuemos —Bruce observaba receloso en varias direcciones—. Si estamos en un oasis, seguramente encontraremos algún asentamiento. Vamos.
            Javier y Victoria no cuestionaron a Bruce, simplemente lo siguieron, preocupados por el semblante de inquietud del muchacho.
            Pasaron unos cuantos minutos cuando Vicky se detuvo súbitamente, fijando su mirada en los matorrales.
            —¿Ocurre algo? —quiso saber Javier.
            —Creí haber visto algo en la maleza —respondió la joven sin volver la mirada—. Pero creo que no ha sido nada. Sigamos.
            Continuaron su marcha, penetrando aún más en el bosque. Sortearon un sector donde los árboles bajos los azotaban con sus ramas y llegaron a un claro. A partir de ese punto los árboles volvían a ser de gran altura y distribuirse en forma distante entre ellos permitiendo un paso sin problemas.
            —Podemos para un rato en este sitio y conversar un poco —propuso Javier—. Tal vez podamos conocernos mejor.
            —No creo que sea buena idea —rechazó la oferta Bruce—. Siento que hemos sido observados desde que ingresamos al bosque.
            —Yo he tenido la misma sensación —añadió Vicky.
            —¡Tonterías! —Javier estaba en desacuerdo—. Sólo hagan silencio y disfruten la paz de este santuario.
            Todos callaron.
            Pero al hacerlo pudieron oír el sonido de ramitas quebrarse y hojas crujir al ritmo de pisadas que se acercaban a ellos.
            Los arbustos se sacudieron y de entre ellos salió una pequeña figura antropomórfica. De estatura baja, cuerpo escuálido y completamente cubierto de pelo negro. Tenía mentón puntiagudo, diminutos ojos amarillos, y orejas terminadas en punta que acentuaban la pequeñez de su cráneo.
            —¿Eso es un mono? —preguntó Javier arqueando una ceja.
            —Creo que es un trasgo —respondió Vitoria luego de retirar las manos de su boca. Por reflejo se había tapado la boca por la impresión que le produjo el sobresalto.
            —Lo que sea, es horrible —Bruce tomó una roca del suelo y la arrojó con violencia al extraño ser que los observaba, impactando en su vientre.
            La criatura se dobló por el golpe produciendo un agudo alarido. Se irguió nuevamente, gruñendo. Les enseñó sus afilados dientes dando patadas contra el suelo. Su respiración era entrecortada, hinchaba su pecho y exhalaba bufando como un animalucho salvaje. Detuvo su excitado resuello,  y a continuación realizo un chillido estridente e insoportable. Los arbustos aledaños se sacudieron con violencia y de ellos salieron otras nueve criaturas. Tres de ellas asían ramas cortas y gruesas, a modo de rústicos garrotes.
            Los pequeños seres hablaron entre ellos, en un lenguaje incomprensible que se asemejaba a más a unos gruñidos articulados que a un dialecto en si.
            Uno dio un paso hacia delante, luego bramó furioso y comenzó a correr rumbo a los jóvenes que los contemplaban horrorizados. Los demás le siguieron.
            —¡Corran! —Gritó Javier con pavor—. ¡Huyamos!
            Escaparon de sus peludos perseguidores avanzando entre los árboles, sorteando troncos caídos y cubriéndose el rostro con los brazos para que las ramas a baja altura no los golpearan.
            Vicky tropezó y cayó al suelo. Bruce se detuvo para ayudarla. Javier, que se había adelantado, retrocedió para asistirles.
            —¡Ahí vienen! —advirtió.
            Los pequeños seres les dieron alcance y se detuvieron, jadeantes y babeando espuma que se escurría de sus agudos y torcidos dientes amarillos.
            Los rodearon, y entre chillidos y resoplidos, uno empezó a aproximarse lentamente agitando su garrote. Apuró su marcha, y cuando se encontraba presto a saltar sobre sus presas, del suelo brotaron raíces que lo sujetaron de una de sus piernas y de un brazo. A continuación, más raíces emergieron de la hojarasca y envolvieron por completo su cuerpo. Se escuchó el crujir de los huesos y un resonar acuoso cuando las raíces se contrajeron, Y al abrirse nuevamente, una masa amorfa cayó al suelo empapada de una sustancia verde y viscosa.
            Al ver los restos de su compañero, las criaturas restantes se dispersaron aterradas buscando refugio en los matorrales.
            Vicky se esforzaba por no vomitar, mientras que Bruce observaba el repugnante cuadro, fascinado; y Javier buscaba comprender lo que acababa de suceder.
            —¿Qué ha sido todo esto? —preguntó, esperando que alguno de los otros pudiese encontrar la explicación que le rehuía. Pero fue en vano, todos estaban estupefactos.
            Oyeron pasos acercándose y por un instante temieron que esos seres peludos hubiesen vuelto furiosos y en mayor número.
            Voltearon en dirección al sonido y vieron a un hombre salir de en medio de los árboles. Vestía una larga túnica púrpura con ribetes dorados en las mangas. Portaba un báculo de madera que en el extremo tenía incrustada la cabeza de un león de oro.
            —Les pido me perdonen, de haber llegado antes, no hubiesen tenido ese percance con los priggs.
            —¿Quién es usted? —preguntó Javier al misterioso hombre.
            —Soy su  humilde servidor, Faerom —se presentó con una reverencia—. Y los he estado esperando, Elegidos.